Joëlle Guatelli-Tedesch

ENTORNO A UNA MIRADA DE SERGUÉI FILIPPOVICH GONCHARENKO:

         En 2004, participé aquí, en Moscú, al IX seminario hispano-ruso de Traducción e Interpretación. Presenté en aquella ocasión la primera experiencia de Traducción colectiva (TC en adelante) que acababa de llevar a cabo con el grupo “TRAD-COL” recién inaugurado en la Universidad de Granada. Serguéi Goncharenko presidía la mesa y todavía recuerdo la mirada entre interesada y dubitativa, hasta diría que levemente socarrona, con la que seguía mi presentación del trasvase colectivo al francés de una antología del poeta granadino Antonio Carvajal. Digo “mirada dubitativa y socarrona”, porque como neófita con flamante afición, me figuraba que tan insigne poeta-traductor seguramente estaría poniendo en tela de juicio la peculiar modalidad de traducir que tanto me atraía. Serguéi Goncharenko tenía, en efecto, un conocimiento íntimo de esta tarea hiperespecializada que es la traducción poética, fruto de una pulsión traductora que lleva a una relación pasional y exclusiva con un texto que el traductor elige y por el que está elegido. De ahí que –en mi candor receloso- juzgara que debía considerar la traducción grupal llevada a cabo por meros aficionados, como ejercicio, interesante todo lo más, pero a las antípodas del quehacer que le granjeó la admiración de tantos enamorados de la poesía. Hoy, desgraciadamente, la mirada de quien fue el famoso vicerrector de la Universidad Lingüística e Moscú ni me alienta ni me reta… pero sin embargo les diré que, de alguna forma, sigo experimentando el cosquilleo de su mirar, en este preciso momento donde vuelvo a la carga con la Traducción poética colectiva en la oportunísima reapertura de un seminario que echábamos muchísimo de menos.

         Vuelvo pues a la carga con el tema que abordé la última vez que nos reunimos y tengo así la sensación de reanudar, por encima del tiempo y de la ausencia, el hilo de una conversación entrañable con la misma naturalidad con que Fray Luis de León reiniciando sus lecciones, tras sus largos años en la cárcel, entonaba su sacramental “Decíamos ayer…”.

         Ayer, o sea en 2004, decía cómo me inicié en la Traducción colectiva (TC) a partir una experiencia realizada en Francia donde se formalizaron talleres colectivos para traducir, en breve espacio de tiempo, a poetas inéditos de interés cuya obra viniera a suplir carencias de una cultura demasiado cerrada a influjos extranjeros no canonizados. Conté cómo la TC, siguiendo el ejemplo francés, se había afincado con cierta fuerza en España, indiqué asimismo que, en Granada, nuestra facultad de Traducción participaba de este movimiento desde prácticas de clase hasta la creación del grupo TRAD-COL nacido de seminarios enmarcados en el programa Erasmus-Socrates. Me centré en la descripción de nuestro primer proyecto, la publicación en Francia de una antología bilingüe de Antonio Carvajal, mediante la colaboración de tres universidades: la española de Granada, la francesa de Rouen, la canadiense de Laval. Sobre estos aspectos no volveré, ya que la comunicación se recogió en las actas del noveno seminario publicadas por la Universidad Lingüística.

         Pero si “decíamos ayer…” todo esto… hoy se pudiera añadir mucho más ya que, felizmente, el impulso de TC, lejos de agotarse, ha seguido generando experiencias de interés. Por desgracia, dado que tenemos poco tiempo, sacrificaré la primera parte de esa comunicación en la que actualizo el panorama de la TC en España y dónde, a la luz de la teoría goncharenkiana del aspecto comunicativo de la traducción poética, vuelvo sobre los objetivos, la metodología y los logros del grupo TRAD-COL. Un grupo que trabajó con universidades extranjeras, desde Laval hasta Cracovia, pasando por a Rouen y Burdeos… un grupo que hasta la fecha ha culminado 5 proyectos, (2 traducciones de escritores francófonos, 3 de poetas españoles), 4 de los cuales ya han completado el ciclo total: traducción, revisión, publicación, así como da fe de ello el policromado muestrario que aquí les he traído, fruto de editoriales tanto francesas como españolas.

Hoy me voy a centrar en una experiencia llevada a cabo en septiembre 2008 aquí en Moscú y que viene a ser una producción algo lateral pero de interés de la labor de TRAD-COL.

¿Cómo surgió el modesto y enriquecedor Taller de TC llevado a cabo el curso pasado en la UEM de Moscú? Una vez más vuelvo a la figura de Serguéi Goncharenko. Y aún a riesgo de caer en lo anecdótico no puedo resistir revivirla ante vosotros para que se comprenda mejor el porqué de este experimento dónde durante medio mes tuve el privilegio de coordinar a profesores y estudiantes de la Lomonosov que tradujeron conjuntamente dos poemas, uno de Carvajal y otro de Goncharenko, poetas que la vida, por breve momento, había puesto en contacto.

ANTECEDENTES: Déjenme evocar pues el encuentro real que vivieron los dos poetas sometidos a traducción y de la que fue testiga emocionada. En su última visita a Granada, en 2005, conseguí poner en contacto a Serguéi Goncharenko con uno de los poetas españoles vivos más importantes del panorama poético español actual, Antonio Carvajal. Nos convidó Carvajal en un restaurante italiano. Sentí de inmediato cómo una corriente de simpatía recíproca fluía por encima de la mesa. Comida de mantel fino, viandas selectas, buenos tintos, donde si bien se habló de poesía o más bien de métrica, sobre todo se comió y bebió, coincidiendo ambos poetas más en el rico aprecio de los manjares que en las escabrosas cuestiones de técnica versificadora en las que ambos se enfrascaron. Luego, Serguéi Filippovich quiso asistir a un seminario de métrica que impartía Antonio en la linda Casa de los Tiros. Llegamos tarde, quisimos ser discretos, cosa difícil cuando se es tan grande como lo era el señor Goncharenko y que hace falta acomodarse en esos exiguos pupitres hechos para estudiantes desnutridos. Encajonado en su sitio, algo sofocado por las prisas, no parecía sin embargo darle importancia a la falta de comodidad y siguió las idas y venidas del profesor Carvajal por la sala y por los vericuetos de la métrica, con una intensidad que se me hacía palpable. Asentaba, sonreía, fruncía a veces levemente el ceño. Terminada la clase, los dos poetas tuvieron tiempo para reunirse un rato en el patio. Goncharenko encomió mucho el arte de comunicar de Carvajal, no sin recalcar una vez más, con una franqueza campechana que agradó mucho a Antonio, que no coincidía en ciertos aspectos de su peculiar noción de ritmo poético… cosa que el poeta festejó porque, según afirmaba jocosamente, él tampoco ya compartía algunas de sus propias ideas sometiéndolas a constante revisión. Cuando se despidieron los dos maestros de la palabra quedaron en que debían de seguir en contacto, que de la confrontación de sus respectivas dudas alguna luz podría nacer, que Don Antonio acudiría a Moscú, que Don Sergio participaría a algún seminario de métrica comparada, que traducciones podrían ver la luz ¡Planes de futuro tan efusivos como vagos que el destino pronto truncó!

         Quizá fuera el haber presenciado tan de cerca el prometedor encuentro entre ambos poetas y el haber lamentado tanto que tan fogosos planes no pudiesen ya cuajar, lo que me animara el curso pasado a aprovechar una beca en la UEM para brindar a ambos poetas la ocasión de un reencuentro, esta vez en el plano virtual de la traducción poética.

         Este reencuentro se cifró pues en el taller de TC: “TRAD-LOMONOSOV”, que animé en septiembre 2008. Mi iniciativa podía resultar algo estrafalaria a primera vista ya que sin ser hispanófona nativa ni saber una palabra de ruso, quise coordinar este seminario que se proponía pasar al español un poema de Goncharenko y al ruso uno de Carvajal, para poderlos luego publicar en una de nuestras revistas especializadas, dando fe del proceso de su elaboración…. Pero de la locura bien asistida suele salir la cordura.

         Veamos a grandes rasgos cómo se desarrolló el experimento.

TEXTOS: ¿Primero, sobre qué textos iba a recaer nuestra labor? Si bien no ignoraba la fama como poeta de Serguéi Goncharenko, sólo conocía su poesía -hasta hoy no publicada en español-, gracias a Andrés Santana Arribas y la traducción pionera que hiciera nuestro colega Joaquín Torquemada. Le consulté pues acerca de los textos más idóneos y recibí sus preciados consejos. Provista de una antología que me prestó, propuse in situ a los miembros del taller algunos poemas y decidieron cuál les parecía el más adecuado. Se decidieron por un texto de factura clásica, de 12 versos decasilábicos que se presenta como una alegoría en torno al navegar de la vida, azaroso y sin rumbo aparente, poema pues de alcance universal que profesoras y estudiantes consideraron ilustrativo de la modernidad de fuerte raigambre tradicional de la poesía goncharenkiana. En cuanto a Carvajal, elegí algo que me parecía atractivo para un público ruso y que permitía un acercamiento sin folklore pero netamente localizado a la ciudad del poeta andaluz… “Carrera del Genil”, descripción en heptasílabos de una tarde otoñal en el paseo de la Virgen, cerca del río Genil que cruza la capital granadina. Así de Goncharenko a Carvajal íbamos del mar simbólico al río provinciano, de la alegoría de una vida en busca de sentido a un vivir irisado de sentidos… No había intención de contraponer o poner en paralelo los poemas, pero bien es verdad que sin haberlo buscado, cogimos dos textos muy distintos pero que, sutilmente, se compaginaban.

GRUPO. Hablemos del grupo de traductores. Encontré interesante que a los docentes y estudiantes de la Facultad de Lenguas Extranjeras y Estudios regionales (FLEER) se unieran los de la recién creada Escuela Superior de Traducción e Interpretación, (ESTI), aunando así dos centros dedicados a la traducción. De las 4 sesiones colectivas de 3 horas que se llevaron a cabo al final de la jornada lectiva, dos lo fueron en la FLEER (Goncharenko) y dos en la ESTI (Carvajal). En ambas instituciones el proyecto fue bien acogido y recibí apoyo institucional. Pronto se apuntaron estudiantes que, para mi sorpresa, no eran de español primer idioma sino de segundo idioma con poco tiempo de iniciación al español, la mayoría con gran afán traductor y poético a pesar de su cortísima iniciación en la lengua de Carvajal. También, para mayor alegría mía se alistaron docentes de español mas asimismo otra profesora de lengua inglesa, con formación en español, y cuyo interés por la traducción era tal que será ella quién presente algunos aspectos de la versión al español de Goncharenko. A este elenco universitario se añadió, por suerte nuestra, una afamada poeta y traductora de reconocida trayectoria.

TALLER. Debido al hecho de que tan sólo se podía tratar de un botón de muestra de lo que es la TC, me decidí por una adaptación de las metodologías de TC al uso. Adoptamos pues la TC indirecta comparada (elaboración de un texto en base a varias versiones previas que se comparan) y esto, para producir una traducción tendente a la literalidad y sin pretensiones poéticas marcadas pero que sirviera, más adelante, de sólida base a una recreación artística fruto de una revisión experta desembocando en un texto elaborado a partir de la versión final del grupo sometido a la expertización del autor y/o de un revisor de prestigio. Me explico: el poema de Goncharenko se llevaría a Granada y se sometería al peritaje de Joaquín Torquemada, traductor ruso-español patentado, y a la apreciación de Antonio Carvajal que propondría su libre versión-recreación. Por lo que se refería al poema de este último, a partir de la versión de la UEM, la poeta-traductora Natalia Vanjanen, asistida por la profesora Sudar en representación de nuestro grupo, llevaría a cabo una revisión experta, culminando el proceso con su propia recreación poética, a la par que ampliaría el trabajo con versiones elaboradas en su taller de la Escuela Cervantes.

         Fijamos nuestras normas iniciales de traducción para facilitar, en la fase de revisión-recreación experta, el acercamiento a este horizonte de traducción tan utópico como irrenunciable cifrado en la consecución de “un nivel de equivalencia” lo más ajustado posible mediante una “reconstitución textual” del original para, y son palabras de Goncharenko, “asegurar que el impacto producido por la traducción y el original a sus respectivos lectores será idéntico”.

Nos adentramos luego en la fase lectora, aprovechando la actitud del lector-traductor ingenuo hecha, como lo decía Hugo, de “honesta simpleza” y “fiero entusiasmo”, así como la más retardada y ponderada del lector-docente especializado. Recurriendo a la terminología goncharenkiana, esto nos permitió abordar de forma multilateral la información semántica desdoblada (factológica y conceptual) y parte de la información estética plurivalente, intentando aprehender algo de esta hypersemantización e hyperdependencia que caracterizan los elementos del texto poético.

A continuación, vino la fase de reescritura basada en las normas iniciales fijadas previamente y por las que no aspirábamos a reproducir todo lo que Goncharenko llama “el complejo macizo informativo del plano extrasemántico”. Es así como descuidamos pues, voluntariamente, aspectos básicos del lenguaje versificado como por ejemplo el ajuste del metro y más aún la rima en pro del verso blanco, en un intento de no caer en el ripio o incurrir en excesiva pérdida semántica.

Pulida la versión literal, la faceta de revisión experta, mucho más tardía, tampoco quedó descuidada a pesar de la distancia. Por mi parte, guardaré un recuerdo imborrable de la reunión en casa de Antonio Carvajal, dónde, en agosto, a partir de la ponderación de las virtudes y fallos de la versión colectiva, tanto Joaquín Torquemada como el propio poeta hispanizaron con pericia el poema. Ante mí, Don Sergio y Don Antonio, reencontrándose por fin, se fundían en emocionado abrazo. En cierto muy limitado, quise pensar que habíamos ofrecido al poema de Serguéi Filipovitch las tres variantes comunicativas de la traducción que él consideró imprescindible, la filológica (el taller), la versificada (Joaquín), la poética (Antonio), haciendo converger sobre él esas “tres haces de luz”, que iluminarían en sus palabras “toda la riqueza del original sin que ninguna faceta de éste quedara en la sombra”. A grandes rasgos Marina Dimitrievskaya ponderará algunos aspectos del reencuentro poético Goncharenko-Carvajal… pero antes, quisiera consagrar unos momentos a exponer la valoración del taller que hicieron la profesora Galina Sudar y las estudiantes de la FLEER, Masha, Elena y Natalia.

VALORACIÓN: La profesora Sudar en su balance destacó el interés pedagógico del experimento: supresión de inoportunas jerarquías docentes-estudiantes, superación de timidez y falsas vergüenzas, ruptura de rutinas aletargadoras, taller sentido como “cuna” donde trabajar en la consolidación de una triada básica formada por el traductor concienzudo, el auténtico artista y, no menos importante, la “persona creativa” simple y luminosamente atenta a la lengua extranjera como a la propia. Pero más allá de estos aspectos, me llamó poderosamente la atención el hecho de que ella insistiera en el eje ético de la TC, en su vertiente de una educación en valores ya que, mediante la colaboración y cooperación entre “amigos”, (cito) no se puede educar “a mala gente”. La formulación en su misma púdica sencillez me resultó en alto grado alentadora, tanto más cuanto que insistió la profesora Sudar en que la TC era ilustrativa de un ars amatoria donde no había aficionados sino AMATEURS, recurriendo a la voz francesa de mayor hondura.

         Pero quizá sea el balance de los estudiantes lo que más aquí nos interese.

Masha Kazarosyan lo hizo en ruso dirigiéndome una carta a modo de narración con ribetes fantásticos contándome cómo en un principio de curso que no le prometía sorpresa ninguna, se le aparece, en una aula semivacía, una mujer rara que habla de poesía y traducción. Seducidas, Masha y su amiga Lenka deciden participar. Entonces se despliega la descripción entre homérica y humorística de la actividad del taller en la que las dos amigas ante la mirada atónita del elemento hispano se enfrentan en el fragor de interpretaciones opuestas, bucean por debajo de los versos buscando su estructura, sufren la lluvia de letras negras en la que se descompone el texto sometido a demasiada presión explicativa, y acaban por fin traduciendo a Goncharenko al español (cito en traducción) “¡Esforzada, aproximada y subjetivamente pero lo tradujimos!”. El post-scriptum en circular movimiento reintroduce la imagen de “una aula vacía y experimental” donde ellas, pocos días tras el cierre del taller, urden un intento misterioso de TC: “Entre la hierba estaba sentado un saltamonte”…

         Al lado de este chispeante relato, otros comentarios revelan gran agudeza y una real competencia traductora… no utilizando ningún metalenguaje, redescubren conceptos y señalan singularidades. He aquí unos ejemplos.

         Natalia Priseko, en español, se extrañaba que le resultara más fácil traducir a Goncharenko hacia el español que a Carvajal hacía el ruso y escribía, dando así toda su importancia a la fase lectora que los estudiantes suelen despreciar. Escribía “es porque soy rusa (…). Yo veo al autor ruso «jugar» con las palabras (…) yo siento la lengua, porque es mi lengua nativa”, comprendo o creo comprender lo que dice el poeta en su sutileza y al plasmarlo al español, que “todavía” no “siento bien, pongo lo que me parece natural y la solución del verso me viene pronto. En cambio, traducir a Carvajal al ruso le costó mucho más. Como fina lectora cavilaba muchísimo en determinados aspectos que le parecían crípticos. Por ejemplo, los “armarios viejos” retaron su ingenio. Aunque percibiera, guiada por las lecturas plurifacéticas previas, que se podía tratar de algo nostálgico vinculado quizá a recuerdos de la niñez, al pasado, no podía traducir la expresión tal cual al ruso argumentando (cito) “que cuando nos dicen «старые шкафы»(=armarios viejos), no imaginamos la niñez, sino un ropero viejo, no tenemos nostalgia. Para nosotros es simplemente algo viejo, tiene un matiz diferente. Pero, en mi opinión, es una de las cosas más importantes e interesantes”. Estaba Natalia confrontada a un “sobrante de significado” y se daba de bruces con la imposibilidad de la verbalización equivalente que devolviese cultura y no sólo lengua.

Elena Rumyantseva, también en español, decía haber comprendido por primera vez de una forma muy directa cómo el sistema de un idioma influye a los poetas y sus obras, imprimiendo a sus escritos determinadas tendencias que van más allá de sus designios. Si antes había pensado que los creadores estaban absolutamente libres en sus expresiones de los sentimientos y las ideas, notaba cómo la propia estructura fonética imprimía un carácter a los escritos que trascendía a veces la voluntad del creador. Descubría (cito) que “la ligera tristeza y  filosófica melancolía” que empapan tanto la poesía como la prosa rusas, en la traducción española  adquirían  “un ligero matiz de optimismo”, porque en español, según ella, la vida sale a borbotones y el lenguaje lo refleja. Sacando conclusiones generales a partir de la impresión particular que le habían comunicado las obras traducidas, explicaba que creía haber sentido que los poetas rusos tienen un trato más valiente con la lengua, intentando a menudo (y cito) “inventar algunas construcciones  extraordinarias,  combinando incombinados, rompiendo las reglas gramaticales para provocar cierta reacción en el lector.  En cambio, los poetas españoles prestan más atención al sentido y a la idea, a la creación de cierto colorido.” (fin de cita). Da igual que la transgresión lingüística sea tan propia de Carvajal como de Goncharenko y acompañe el movimiento mismo de la poesía moderna, Elena después de haber entrado en pragmático contacto con sólo dos textos de poetas de relieve, ya organizaba sus impresiones con un afán teorizador que hacía estallar lo limitado de la experiencia particular del taller para impulsarla hacia la especulación, la hipótesis, madre de toda ciencia.

CONCLUSIÓN: Andrés Santana Arribas, al escribir el elogio de Serguéi Goncharenko con ocasión del III Congreso de Hispanistas de Rusia de 2008, recordaba que quien había sido uno de los traductores de poesía más geniales y prolíficos de Rusia, se sentía amargado por “la idea de ser un poeta intraducible” y “al asumir que su propia obra poética no podría llegar a los hispanohablantes de todo el mundo”. Cuando una alborozada Masha exclamaba al ver culminada la versión colectiva del poema: “Tradujimos a Goncharenko al español! ¡Esforzada, aproximada, subjetivamente pero lo tradujimos!”, aportaba su granito de arena, por diminuto que fuera, desde la Traducción colectiva, a una muy incipiente más prometedora labor de traducción de la obra goncharenkiana a pesar del extraño pesimismo del poeta. Así que, en este mismo momento, creo sentir sobre mi nuca la mirada de Serguéi Filipovich… de repente se me ha vuelto cariñosamente apreciativa.